Yo viví con una cegua


Pedro Quiroz Sevilla

Pedro Quiroz Sevilla

Pedro José Quiroz Sevilla

Presentación

Yo viví con una Cegua es el título del libro digital que nos hizo llegar Pedro Quiroz Sevilla, nacido en Cantimplora, municipio de Belén, departamento de Rivas. Un profesional de la narrativa y el teatro, fundador y exmiembro del colectivo de teatro Nixtayolero de la ciudad de Matagalpa. En el ámbito centroamericano, Quiroz representó a Nicaragua en el evento Centroamérica cuenta, celebrado en San José, Costa Rica, y es integrante del Movimiento de Narradores Orales Escénicos de Nicaragua (MNOEN).

El prólogo lo escribe el granadino Pepe Prego (q.e.p.d.) De su obra que se encuentra en proceso de edición hemos tomado de la Sección IV Cosas del demonio, el cuento Yo viví con una Cegua. El editor.

Yo viví con una cegua

El día que don Ciriaco abandonó a Matilde Ruiz, lo hizo con la certeza de que jamás la volvería a ver. Atrás quedaba Pueblo Nuevo de Estelí, atrás Matilde y sus brujerías, atrás quedaba todo… y se afincó en Matagalpa. De eso hacía 5 años, ahora estábamos a 1981.

La cosa comenzó con los silbidos que escuchamos cuando estábamos jugando tablero en la oficina de las Milicias de Santa María de Guasaca. Salimos. Una figura fantasmagórica corría bailoteando en la oscuridad alrededor del camión rojo meloso de jalar café; iba y venía, salta y explota en carcajadas satánicas. Un miliciano le apuntó con el rifle “mata macho”, pero la bala no reventó, se quedó fría o embrujada en el cañón del arma. Era ágil, de un sólo brinco estaba sobre el camión, y de una forma flexible y livianita volvía a caer a tierra, provocando a los perros que ladraban pelándole los dientes sangrantes de tanto morder el vacío de la neblina habitual del norte.

Don Ciriaco la reconoció al instante: —esa es Matilde Ruiz, que nunca dejó de buscarme pero siempre regresa a Pueblo Nuevo, dijo. En efecto, se fue de forma habitual… saltó y pegó los silbidos de la noche. Los perros se metieron en la oscuridad y la siguieron entre los cafetales.

— ¿Por qué lo busca?— le pregunté a don Ciriaco.

—Yo viví con esa cegua. Mi padre me decía que dejara a esa mujer porque era mala, pero yo no creía. Nunca la vi  rezar oraciones diabólicas ni en trance para transformarse; sólo miraba a la chelota hermosa, alta, con los huesos metidos en carne, calientita, oliendo a la flor del lilán, metiéndose desnuda entre mis piernas, sobre todo en las noches oscuras y sin luna. Y allí estaba yo, a mis veinte años, puya que puya y sin platicar nada, solamente hacía lo que nos gustaba, remolineándole adentro, y entonces sí se ponía en trance, porque los dos nos empujábamos con mayor fuerza, subía y descendía, sonriente porque Matilde no me espantaba, no me daba miedo, sólo amor; y así seguimos, compartíamos, hasta aquel día que me fui para San Juan de Limay.

Contó que Matilde, era desconfiada, siempre preguntaba cosas como “y a quién vas a ver, por qué a alguien vas a ver” o aquello de “por qué no te vas mañana por la mañana, de noche te pueden asustar en la quebrada del muerto”, y él, siempre contestaba: “cuestión de prisa”. Pero ella ponía más dificultades, decía que en el camino despejado que deja atrás la quebrada del muerto, antes de llegar donde aquella jodida con la que estuviste a punto de casarte, allí se acuesta una mujer a cielo abierto. Y él no cree en cuentos… pero ella seguía y habla de brujas en una noche de luna llena y él decía: “me voy, porque está hermosa la luna”. Era su noche de coyoleo con la Petrona Maltez, a la que Matilde odiaba, por lo tanto, era otra cosa lo que ella buscaba.

Antes de bajar la quebrada del muerto, compita, pasé por la cantina de Manuel Muñoz y me tragué de un sólo pulso una cuarta de valor que tonificó mis nervios.

—Caminé en la oscuridad hasta bajar la cuesta; mientras descendía sentí el recorrido del silencio frío sobre mi piel, concentrándose en escalofríos continuos que me erizaron más los pelos de los brazos, al escuchar el cujo, cujo, de una chancha de sombra grande y gris que me hizo sentir por primera vez lo que era el miedo. Yo le volé un filazo con mi cutacha cruz y oí el sonido semejante al producido cuando se pega en piedra dura. ——“¡Las tres divinas personas!” Exclamé, al ver el resplandor del chisperío rojizo sobre el lomo de la sombra y seguidamente disolverse arrastrado por el viento.

Me arrodillé. Cuando repasaba por tercera vez el “yo pecador…”, empecé a sentir y a escuchar un vientecito alegrado como de música solemne sobre el llano despoblado. La luna ya empezaba a salir y transcurrió

Aparece en noche de luna llena.

Aparece en noche de luna llena.

media hora para que se mostrara por completo, justamente,  cuando una fuerte sacudida recorrió mi cuerpo al ver a la  mujer acostada boca arriba y de forma horizontal hace una cruz con el camino. Después del sobresalto me acordé de lo que había oído decir a la gente vieja, que frente a este tipo de espanto había que caminar por la izquierda, y fue lo que hice. Salí del camino y agarré la orilla de la izquierda; caminaba de lado, porque la mujer estaba vestida de blanco fosforescente, aparentemente lista para casarse con música nupcial de fondo. Crucé a ras del cuerpo, con las piernas pesadas y con temor de que me agarrara las patas, incliné un poco los ojos pero no le vi rostro, solamente el pelo largo, tupido y seco cubriéndolo por completo. Después, a la distancia, con escalofríos en el cuerpo, volteé la vista pero ya no vi nada, y di gracias a Dios, encomendándole de paso a Matilde que hacía lo posible por retenerme.

Añadió que al siguiente día, ya de regreso en su casa, la encontró completamente dormida o simulaba dormir, con una expresión facial de brujita maliciosa y el cuerpo completamente desnudo. Don Ciriaco quiso meterle mano al verla tan fotogénica, pero al ver las cuatro velas negras en los cuatro extremos de la tijera de mecate, y las nalgas grises y peludas que al darse vuelta dejó entrever, dio media vuelta para meter  la ropa entre un saco de yute y se marchó hacia Matagalpa.

Y a pesar de que han pasado años y años y las canas han aparecido sobre sus cabezas, Matilde ya envejecida  siempre llega de noche a pedirle que regrese a Pueblo Nuevo para volver a hacer el amor con la lucidez de sus recuerdos, porque él y solamente él la complacía hasta al amanecer, como a ella le gustaba, pero don Ciriaco, que temía a la brujería, no tuvo güebos para volver a su lugar de origen. Desde entonces ella sabía que él tenía su mujer propietaria, y así llegaba a verlo de todos modos porque nunca dejó de amarlo.

Recogimos las fichas, guardamos el tablero y cada cual se fue a la cama. Matilde Ruiz  puede regresar a Santa María de Guasaca o a Pueblo Nuevo, cuando le diera la gana.

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