LAS ALAS


 

Pedro Quiroz Sevilla

Como los dos eran niños, entonces tomaron  la decisión de volar. Concibieron  la idea a causa de las navajuelas que había en el campo; mala hierba que les abrían grandes heridas  con el filo de sus bordes.

Era muy doloroso andar en pantalón chingo y ante la imposibilidad de alargarlos, acordaron sustituir los pies por alas. Marvin fue el primero que le planteó a Francisco la idea de volar para arrear con facilidad el ganado y planear al descender en el corral. Francisco de inmediato le dijo que sí, porque ya no aguantaba las heridas en las piernas, y aunque contaban con mulas y caballos de raza para apartar los terneros, era la misma cosa, porque había que ir al potrero a buscar la mula, y siempre los hería la navajuela.

Entonces no hay más que hacer —le dijo Marvin— vamos a inventar un par de alas medianas para viajar con el aire hasta el potrero.

Marvin le había puesto atención a mi papa, que compraba unas cajas delgadas de Jabón Prego de 24 pelotas, y calculaba que el cartón de la caja, extendido, alcanzaba para unas alas livianas y fuertes.

Esas son las que nos sirven  —afirmó Francisco.

Un domingo decidieron velar el regreso del tío procedente de Rivas, y cuando ya iba para adentro, rumbo a su finca, lo detuvieron para pedirle la caja, y mi papa, que a nada decía que no porque era bien cariñoso con ellos, metió todo el jabón en un saco de yute y les regaló la caja diciéndoles, “tomen, es de ustedes”.

Estaban tan felices recortando, con el corazón a punto de salir por los aires, cuando vieron brotar del cartón el perfil de unas alas como las de una garza, hechas para planear. Francisco le cosió al cartón unas tiras como plumas, mientras Marvin hizo unos bambadorcitos de tela para amarrarlas a los brazos. Tan pronto terminaron, Marvin las probó, se sacudió el pecho y sintió como que volaban aire suficiente para viajar a los potreros de El Diamante y lanzarse desde el aire a la poza de Baño Lindo, cuando lo deseara.

¡Es!, con esto yo vuelo, voy de viaje  —le dijo a su hermano y compañero de aventuras.

La alegría cayó a tierra cuando empezaron a discutir quién de los dos sería el primero en gozar del aplauso popular de los chavalos vecinos de la finca; pero como Marvin era el inventor de las alas, Francisco debía esperar su turno, no sin antes decirle:

Mirá jodido, te vas a tirar primero pero cuidado te me vas más allá de los palos de coyol, das la vuelta por allí y te regresás.

No te preocupés, así va a ser, esperame.

Dichosamente se le ocurrió encaramarse en la aguja de una puerta de golpe que apuntaba para el guindito, lo más que tenía de altura era, tal vez, unos tres o cuatro metros vale más que no le dio por encaramarse en un gran acetuno cercano al camino real.

Se lanzó hacia el vacío y cayó en el fondo del guindo, dando vueltas y ajando sus alas hasta quedar acostado boca abajo con los brazos extendidos sobre la tierra. Se levantó quejándose de dolor en la panza, con el rostro enrojecido y colmado de pánico.

Francisco lo regañó gritándole: “Es que sos la pura verga, préstamelas a mí, no papaleás, no papaleás”, y se las prestó, y por más que papaleó y estiró las patitas para atrás, como lo hacen las aves al volar, se vino al suelo reabriéndose las heridas de navajuela que se le soltaron en sangre.

¡Ves, Pancho!  —dijo Marvin, ya sereno— no se puede volar, a esa altura  del poste llega poco aire, mañana vamos a probar en el Acetuno.

Francisco, sollozando boca arriba, subió con la mirada setenta varas sobre el árbol y aun sangrando le pareció tentador para volar.

Pedro Quiroz Sevilla

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