Chepe Mora


Carlos Manuel Vílchez Castillo

Aquella vela no era una vela común, era una vela especial, de pobre, paupérrima. Pero es que todo el vecindario era tan pobre que la vela tenía el sello de la escasez bien marcado; era evidente el muerto colocado en el centro del rancho sobre una tijera de lona zancona, cubierto solamente medio cuerpo, las extremidades inferiores, por una media sábana con menos de media vida de uso, se deducía fácilmente por los abundantes remiendos fruncidos y toda ralita, ralita, curtida y niste…

Tampoco faltaban las rezadoras improvisadas con voz atiplada y respondidas con un murmullo o susurro que invariablemente terminaba en Jesús o Amén. Naturalmente había llegado gente de todo el vecindario rural. Aquel rancho bajito y estrecho no daba mucha comodidad para los asistentes, que en grupito rodeaban la choza y platicaban su vida cotidiana y comentaban lo bueno que había sido en vida  Chepe Mora.

José León Mora, nombre más propio de político, funcionario, escritor, o menos propio para iguanero, pescador o jornalero.  De aspecto alto, seco, flaco enjuto, coyundoso, lacio, moreno curtido por el sol. Las limitaciones de la vida elemental lo habían arrinconado en los paredones ribereños de la costa del lago Cocibolca, en La Galpa en El Cangrejal en la costa lacustre rivense.

— ¡Veya amigo! — dijo Carmelo Duarte.

—Ese hombre que ya descansa en paz había que verlo monteando, no había guardatinaja que se le escapara, lo primero que hacía era tapar toditos los hoyos, menos uno, por donde salía la guía atontada pegando mates y la latizón de perros, amigo,  guay… guay… guay… hasta agarrarla.

Era alegre ese trajín y Chepe Mora para eso fue campeón; recuerdo que una vez le dijo a Marcelino Gutiérrez, acomodándose el chilcagre entre los únicos dos dientes que le quedaban, al cruzar el río Majaste, venía con su inseparable amigo Chon Orozco, buen hombre; traían las dos bestias cargadas de iguanas y garrobos; ¡veya amigo! si es que era barbaridad, allí garrobos, iguanas negras, iguanas lapas si era puño, amigo y de ipegüe las mancuernas de cusucos… Si las bestias, cabo, hasta que iban pandas.

En el cruce del río Majaste, los perros comienzan la latizón al lado abajito, río arriba y aquello era una samotana, cuando Chepe le dijo a Chon… eso es una güia  voy a traerla, espérame aquí cabito…  ya la encuevaron  los perros y arrienda Chepe con su coto y los caites en la mano…

Pero veya amigo, si parece que las tenía amarradas los animales, al ratito se aparece con dos guardatinajas así de grandes y gooordas, que hombre; es increíble si no hubiera sido que yo lo vi con estos ojos, lo pondría en duda.

Ahora Chepe Mora estaba allí, serio, lejano, ido para siempre con toda la rigidez de su muerte súbita que lo sorprendió en la pesca, ya no habría más tragos tacón alto en el estanco de Pata de Oro en La Virgen, ni bailaría más la vaquita y el burro, el 22 de abril a San Jorge, que año con año pagaba promesa a su santo patrono;  ni el delirio alcohólico lo asaltaría asustado, quitándose las abejas de soncuan que en sus correrías de sacar colmenas revivía cuando ya bien socado en soliloquio se quitaba insistentemente, las abejas de las orejas.

Dr. Carlos Manuel Vílchez Castillo

Chepe Mora estaba allí con los ojos asustados y boca abierta, como escrutando la última pieza de caza o pesca que aprisionaba en su última salida o sería tal vez que al ver tan de frente la muerte no pudo evitar el signo de asombro que selló para siempre su rostro en su partida definitiva para su descanso eterno.

Y así asustado y lívido estaba Chepe Mora en su última partida…

—¿Y de qué murió el finado?— doña  Chilá preguntó a Paulina…

—Dicen que del corazón, allá lo encontraron de mañanita las lavanderas boca abajo en la lengüita de agua, con una gran cholesca en el braguero.

—Santo Dios… el mismo pescó, el brindis de su velorio… ave María, alabados sea el santísimo.

Cuando la luna en su fase de cuarto menguante salió allá detrás de la isla de Ometepe, sobre el volcán Maderas, salpicado de plata de cristal escarchado del Cocibolca somnoliento, empezó un airecito fresco dulzón que rezumaba el relente baño de la costa rivense.

Fue en ese instante cuando la Chombita Gutiérrez empezó a repartir la sopa de mojarras y guapotes en panas de guacales que empezaron a saborear los concurrentes, con guineos cuadrados tiernos.

Cacaracaa…! Cacaracaaa…! Cacaracaa…! A lo lejos… se oían los primeros gallos mañaneros que tragaban estrellas del azulado techo, límpido de Dr. aquella madrugada de abril preñada de  luceros…

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