Génesis del hotel Ometepetl


Amanda Luna Gómez*

Cumplimos 25 años de  ofrecer servicio a viajeros, turistas, amigos, hermanos, a través de las diferentes formas a lo largo de estos años: hospedaje, albergue, bar, pensión, hotel… da igual,  desde mi mamá hasta nosotros hemos tratado de dar un servicio con cariño, con calor humano, pero principalmente con humildad y mucho amor… No ha sido fácil, nada fácil, pues en todos estos años hemos llorado, reído, sufrido, nos hemos reconvertido;  lo principal de todo, con el Señor en nuestro corazón y por eso hoy aún estamos aquí, con otra cara, con otra gente, con otros miembros familiares… me parece mentira el pensar como esta “bicicleta” nos ha traído hasta aquí y como hemos cabido tanta gente en ella (pero esa es otra historia).

No tendría sentido este evento si no recordamos la historia, nuestra historia.

1974

Todo esto comenzó allá por el año de 1974 cuando una mujer luchadora, campesina, trabajadora, comerciante, madre soltera,  decide dejar el campo y buscar mejor suerte en Moyogalpa, donde pretendía mejorar la calidad de vida de sus pequeñas hijas y darles un mejor bienestar.

Por cosas del destino decide alquilar la Gran Terraza de Moyogalpa, un lugar en las cercanías del puerto de Moyogalpa, donde se celebraban bailes y demás, justamente el puerto iniciaba su construcción de lo que era el viejo puerto de madera con sus rieles, a lo que es hoy en día.

Por supuesto, en estos tiempos la palabra “turista” probablemente no se conocía en este remoto puerto de esta solitaria isla de nuestro Gran Lago. En cambio, comerciantes y familiares llegaban a la isla, inclusive inmigrantes que vieron una gran oportunidad en esta bella isla y que decidieron quedarse y fundar las familias que hoy en día conocemos con mucho cariño por acá.

Bueno, así es como ingenieros, trabajadores, comerciantes y demás fueron los primeros clientes al inicio de doña Nora, o Norita cariñosamente conocida. Ella ofrecía sus sabrosas comidas caseras y refrescos, que aún muchos recordarán en su juventud. El tabaco aún continuaba con su auge y eso traía consigo muchos comerciantes y personas que venían a la isla, y que prontamente se convirtieron en clientes de la Norita.

“Doña Norita, hágase unos cuartitos, así no tendríamos que caminar tanto y se nos haría más fácil embarcarnos y comer aquí mismo”, estas eran las sugerencias que repetidamente mi madre escuchaba”. “¿Por qué no?” dijo mi mamá. Con unas láminas de cartón comprimido y otras cosas logró levantar tres pequeños cuartos básicos, y con ello da inició a su carrera en el campo hotelero.

1977

Transcurridos tres años de recibir a viajeros, comerciantes, etc., le dan la noticia de que el dueño de la propiedad  necesita venderla; lógicamente el dinero que lograba recoger era para la manutención de su pequeña familia y no contaba con suficientes recursos, pero como mi mamá nunca ha demostrado flaquezas ni debilidades, aunque por dentro lo esté”. ¿Cuánto vale? ¿Me hacés una rebaja? ¿Te lo puedo pagar en dos tantos?” dijo ella.

Lógicamente el dueño no pensó que la Norita sería capaz de hacer frente a esa compra por las mismas circunstancias humildes en la que vivía, pero la señora rápidamente solicitó un préstamo al banco por diez mil córdobas y este es aprobado. Compra la propiedad, ante la sorpresa del dueño y lo hizo justamente a tiempo, pues exactamente al día siguiente llegaron dos hombres de Granada con el dinero en la mano, quienes venían dispuestos a comprar la propiedad. “Ayer la vendí… vayan donde ella… tal vez se las vende”, le dijo el anterior dueño. Vinieron donde mi mamá con diferentes y atractivas ofertas, pero ustedes imaginarán cual fue la respuesta de doña Nora.  Aunque a decir verdad bien pudo aceptar la oferta y ganarse un dinero, pero gracias a Dios que la iluminó, no fue así.

Anécdotas

Así continuó el día a día… mi hermana y yo teníamos diferentes oficios: una compraba las tortillas, otra los pescados, otra la leche, los huevos y así. Recuerdo una vez, eran las cuatro de la mañana y el destazador de doña Juana Romero se emborrachó y mi mamá ya tenía encendido el fuego para hacer el gallo pinto, me esperaba con los chicharrones y tener listo el desayuno a tiempo, todo esto mientras la más pequeña estaba envuelta y acurrucada en una toalla para mantenerse calientita… así fue el trajín diario entre nosotras y las actividades del negocio.

Bicicletas

Nora Gómez.

Otra anécdota que recuerdo es que don Natalio Ghitis era el dueño del terreno que estaba a la par y él siempre le decía a mi mamá que un día se lo iba a vender. Eso llenaba de ilusión a mi mamá.

Un día un señor de Moyogalpa, recuerdo claramente esa Navidad, que acababa de llegar de Costa Rica dejó guardadas en la casa, unas bicicletas Chopper como regalo para sus hijos. Mi hermana y yo al ver tal cosa nos brillaron los ojos de alegría y la ilusión, y en secreto nos repartíamos las bicis: la roja es la mía y la tuya es la otra. Creímos que Santa por fin se acordó de nosotras y hasta dijimos: “hermana, acostemos ya para que amanezca más temprano”. Al día siguiente, creo que ni el sol había salido. Santa efectivamente nos había dejado regalos, pero no los que nosotros creíamos. Un juego de té y una muñeca… ese día recuerdo que le sacamos las lágrimas a nuestra madre al vernos tan desilusionadas y la impotencia de no darnos lo que anhelábamos tanto. Ese día nos dijo, con aquella determinación que todos conocemos: “Ayúdenme a trabajar mis niñas y yo les compraré la bicicleta…” desde ese día ya no andábamos, más bien corríamos por la leche, los huevos, los chicharrones, los pescados. Así pasó el tiempo, hasta que mi mamá tuvo el dinero para la bicicleta, pero justamente por esos días se apareció don Natalio y le dijo a mi mamá que estaba listo para venderle el terreno, tan solo cinco años después de haber comprado el terreno de la terraza. Mi mamá nos llamó y nos habló de la situación, aun así con todo lo que representaba el comprar el terreno, nos dio a escoger el terreno o la bicicleta…, gran decisión para unas niñas. “La bicicleta un día se va a fregar, pero el terreno no”,  dijimos las dos.

Hoy en día esa “Chopper” se ha ponchado mil veces, se ha reventado la cadena, la hemos pintado, cambiado piezas, pero aquí está, mejor que nunca e inclusive más grande, porque en ella cabemos toda la familia.

Turismo

¡Que les puedo decir! Pasaron los años, el ambiente político cambiaba. Por estos días Pedro Joaquín Chamorro escribía en La Prensa su artículo “Ometepe Oasis de Paz” y la isla se daba a conocer en el ámbito nacional… los turistas nacionales se vuelcan hacia la isla, inclusive en poco tiempo el transporte acuático da pasos agigantados, tenemos lanchas rápidas que surcan el lago, los ferris, renta cars, etc, etc. Grandes personalidades del gobierno de turno comienzan a visitar la isla y hasta adquieren propiedades.

Tarjetas de crédito

Recuerdo, en medio de todo esto, que un día un cliente nos hizo pasar unos de los tragos más amargos al querer pagar con tarjeta de crédito y nosotros no teníamos ese servicio. La verdad nadie lo tenía en la isla, ese día doña Nora le dijo a mi hermana: “Dora, vos que vivís en Managua, investigá qué es lo que hay que hacer para poder aceptar tarjeta de crédito y no pasar nunca más por una humillación como la que acabamos de pasar”.

1992

Ante la necesidad de satisfacer una demanda cada más exigente, surge lo que hoy en día todos conocemos como el hotel Ometepetl, ya en el año de 1992, cuyo nombre se puso por el amor que tenemos por nuestro hogar, nuestra isla.

La historia actual la mayoría la conoce, acá fue sitio de recibimiento de diversas personalidades, eventos de la cooperación internacional, lanzamientos de programas y proyectos vitales para el desarrollo de la isla de Ometepe.

Hoy estoy aquí con ustedes llena del más grande orgullo y satisfacción al saber que lo logramos, mi mamá logró su sueño y nosotros formamos parte de él. Y cuando digo que lo logramos no me refiero a que tuvimos éxito económicamente hablando, me refiero a que hemos derramado lágrimas, nos hemos reído, hemos llorado, cantado, orado y aquí estamos. De no tener nada a tener este lugar que es nuestro machete, y lo mejor de todo continuamos unidos como una empresa familiar, pero sobre todo con Dios en el corazón.

Agradezco de todo corazón a nuestros colaboradores, quienes día a día, con trabajo y entrega, pero sobre todo con mucho cariño, dan su valioso esfuerzo para satisfacer las necesidades de nuestros huéspedes y clientes y de sus propias familias. Un fuerte aplauso para todos ellos.

Fachada del hotel Ometepetl.

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