“Miel de fuego”


Hernán Emilio Morales S.

Si nos remontamos a San Jorge del pretérito tan distante y tan próximo en la lejanía  del tiempo, en los atisbos de sus personajes populares que de una u otra forma son parte de su  rica historia, encontraremos seres de las más diversas caracterizaciones, aquellos hombres y mujeres de nuestro pueblo auténticos jorginos.

Dentro de ellos es de obligada y grata memoria uno de los jorginos que representaba la humildad, la honradez y el permanente buen humor. Con unos ojos como tizones encendidos, moreno, guapo, de piel renegrida de tantos soles en aquel histórico viejo muelle de madera, de chiqueros de piedra y pilotes de níspero construido por la Compañía del Tránsito. Es imprescindible referirse a Alejandro Novoa López, recordado cariñosamente como Miel de Fuego, El Misingo y tantos otros apodos con el que todos sus amigos lo identificamos.

Alejandro nació el 9 de julio de l948, identificado con cédula número 562-090748-0000D, hijo de doña Joaquina López y de don Vicente Novoa el pequeño gigante, llamado El Manito, de quien fue su mejor discípulo, superándolo en el arte de darle asombroso  brillo al calzado de los jorginos.

El Misingo era un tremendo nadador, en la época de aquellos legendarios barcos y lanchas como aquel moderno y confortable, de tres pisos El General Somoza,  El Ometepe, La 5 Estrellas, La Sofía, La Liga, Nuestra Señora del Lago,  y cuantas lanchas surcaron el Gran Charco en las décadas desde los  50 hasta  mediados de los  70. Se desempeñó como camaronero, chambeador en aquel derruido muelle, rebuscándola también como pescador, cangrejero y  vendedor de nacatamales, que comerciaba con el  peculiar pregón de acento tiquillo, “los nacatamalillos”.

Durante la campaña electoral de la UNO, en las elecciones presidenciales de l990 que llevó al poder a doña Violeta Barrios de Chamorro, haciendo gala de su gran humor y de sus bandidencias, fue el gran activista que le puso el toque de comicidad a todos los mítines y actividades de  aquella verdadera  oposición local. “Coordinador Político” de los pobladores de las costas del lago, yendo él a la cabeza. Armaba a todos los opositores al régimen  con latas viejas y cazuelas de todo tipo que hacían sonar con una bulla increíble a la entrada del pueblo. Era una especie de caricaturista oral. El ser más inofensivo que jamás haya conocido. Con sus ocurrencias, arengando y diciendo la verdad, les hacía la vida “palitos” a todos los agentes de la  tenebrosa seguridad del Estado que andaban tras los huesos de todos  los  activistas, quienes al  final terminaban gozando de sus locuras. Ante la terrible escasez de todo en aquella época,  fue creador de  la consigna: “Si querés comer chuleta, votá por doña Violeta”.

Allá por 1987, en plena guerra fría de las potencias hegemónicas, cuando Nicaragua estaba enfrascada en luchas fratricidas entre contras y  la dictadura sandinista, comenzaba a  anochecer en el pueblo y se corrió  la noticia de que en la morgue del Hospital Manolo Morales  de Managua, se encontraba el cadáver del  pitcher de recta espeluznante El Cabezón, Domingo Narváez. Como  en todo pueblo donde  no faltan los  voluntarios piadosos, los siempre dispuestos Apolitos,  Roberto y Rodolfo Herrera pusieron a la orden  su confortable camioneta Ford F100 del año 1966, para ir a traer al muerto, quienes se hicieron acompañar de varios parroquianos, entre ellos El Misingo. Partieron raudos hacia la capital. Cuando llegaron al hospital, se dirigieron a la morgue para identificar al Cabezón y dentro de los fríos cadáveres no se encontraba Domingo. Regresan inmediatamente a San Jorge, a la casa de don Rafaelino, padre del supuesto muerto, ya todo estaba listo para la vela con mucha gente dispuesta para acompañar a la familia.

Para esa época, quien escribe se encontraba en involuntario exilio en la vecina del sur y me contaron que de regreso, antes de llegar a las gasolineras de Rivas, El Misingo se introdujo en el vacío ataúd y al llegar a la casa de la familia, donde la gente arremolinada en la acera esperaba espectante la llegada del difunto, como impulsado por un resorte levantó con violencia  la tapa del ataúd, pega un grito desgarrador, hace que la gente corra despavorida y con gritos de pánico, creen que el muerto se había levantado de la caja. Esta es tan solo una pequeña muestra de sus ocurrencias.

El 5 de diciembre  del 2003, como  consecuencia de haber ingerido tanta “agua de sapo”,  su hígado no pudo más  y sucumbió El Misingo. La comunidad jorgina sintió profundamente su deceso. Su vela fue inmensamente concurrida. Se brindó en su memoria  cantidades industriales de aquel guarón dulzón de antes, se le desmochó con honores y se contaron chistes y anécdotas hasta el amanecer.

En la historia que aún queda por escribirse de San Jorge, jamás se ha asistido a un  entierro tan alegre y de multitudes como el del Misingo. En su ruta hacia el panteón, sus amigos bebieron guaro como loco, se dispararon cualquier cantidad de morteros y cohetes, dos mariachis sonaron sus trompetas, guitarras y violines, la gente cantó y bailó al ritmo de los filarmónicos. Lo despidieron con “Celaje”, su pieza musical favorita, y al depositar su cuerpo en la fosa, se le dispararon 21 morterazos más, como a todo un general de los egresados de  West Point. San Jorge, 12-08-2017.

Alejandro Novoa López (Miel de Fuego)

Hernán Emilio Morales S.

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